El día en que me salió la uña chiquita del pie izquierdo y me cancelaron una clase en la Autónoma a 20 minutos de su supuesto comienzo. Si, fue hoy.
Hablando por teléfono, en esos momentos en que uno está sentado en un sillón relajado o sentado en la cama con el pijama puesto y se coloca con una pierna recostada, formando una V que atraviesa la otra pierna por debajo, porque la tenemos levantada, formando una V también, tocándonos el torso. De modo que el cuerpo se encoge de tal manera que la rodilla queda a la altura de nuestro hombro. Con una mano sostenemos el teléfono, y con la otra, generalmente la del mismo lado de la pierna que tenemos arriba, jugamos con nuestros dedos del pie; típico.
En ese instante llegó mi descubrimiento de que aquella uña del dedo izquierdo que después de Valencia había quedado averiada y dolorida por más de una semana estaba diciendo: “adiós mundo cruel”. La pobresita machucada, con un poco de sangre en su borde derecho inferior le decía adiós a una vida llena de emociones y tantos cortes de alicate.
Comencé, como es usual en mi cuando veo algo raro, a inspeccionar qué carajo le pasaba a la uña y si era factible sacarla de raíz; como a los problemas desde el psicoanálisis. Los movimientos de orientación y de inspección comenzaron tranquilamente, intentando de a poco despegar la uña de la piel. Al ver que no me dolía y mi ansiedad iba en aumento empecé a acelerar el paso y terminé cortando el borde inferior izquierdo que había quedado agarrado como garrapata a la piel con mi preciado alicate. Si moría, que al menos tenga una muerte digna. Como toda uña.
Después de sacármela vi que el sitio en donde se posa la uña del dedo chiquito tenía una uñita bebé por debajo que estaba naciendo y le dijo a la anterior: este es mi momento, los grandes tienen que dar paso a las nuevas generaciones para que se desarrollen. Como en toda profesión, los psicólogos (la profesión que me toca de cerca) tienen que – ¿tienen qué o tendrían? Que irracional me diría Ellis – dar paso a los nuevos psicoloquitos que venimos por atrás, es decir, ser solidarios con los novatos. Igual que una uña, difícil profesión.
A todo esto, ¿para qué carajo sirve una uña chiquita en el dedo más ínfimo del pie? En fin, continuemos. Una vez que eliminé la uña de su dispositivo material la tomé entre mis manos, le di el pésame y comencé a mirarla fijamente. Descubrí una uña llena de sentimientos, pequeña y fuerte que supo acompañarme durante mucho tiempo. Ahí entendí que su hora había llegado, que al mundo debía abandonarlo. Fue el momento en que apagué la luz de mi habitación, posé a la uña en mi mesita de luz para continuar con la inspección en otro momento y para que tuviera, como no, un velatorio digno, a mi lado, su matrix.
Como esto ocurrió en la madrugada del 27, me levanté este mismo 27 para ir a la facultad y ella continuaba allí, perenne, así que la dejé.
Me dispuse a ir a Cantoblanco para cursar Sociología, llegué y como estaba con tiempo me zambullí entre los libros de la biblioteca de humanidades. Saqué el libro “Lo que Sócrates diría a Woody Allen”, titulo comercial si los hay, y partí al aula. Me senté junto a Ana Carolina Kanitz, brasilera de intercambio CEAL con la que salimos el sábado a JOY y a la que dejamos plantada el domingo en Retiro. Conversamos un rato, el tiempo pasaba, nos íbamos poniendo viejas y el profesor, aún más viejo y con posible ACV tampoco ingresaba por esa puerta. Manu, de Puerto Rico tampoco llegaba. La situación comenzaba a empeorar porque cerca de la 1 ya teníamos hambre, aburrimiento y ganas de volver al dpto. Más aún si es una hora de cursado y casi una hora de viaje hasta Cantoblanco.
A la 12.50 ingresa al aula una especie de ordenanza y dice: Angel Casado no viene…sin salirse de ese ambiente colegial que había creado el ordenanza, sumado a lo sectarios que son mis compañeritos de curso – típica conducta adolescente – saltaron de la emoción y con un canto en los dientes levantaron sus bolsos y salieron de fiesta.
Yo y Ana también, aunque un poco descontentas por haber ido al vicio a Cantoblanco. Bueno, a mi el libro de Rivera me salvó la ida…¿no? Ana me comentó que juega al vóley en GETAFE, un club madrileño. Le pregunté si podía sumarme y quedó en averiguar. Es gratis, se socializa barato, se hace vida sana y se disfruta un rato de otro ambiente. Esperaré novedades.
De regreso a casa me dediqué a trabajar sobre la película THE MATRIX. El trabajo ya está casi listo, así que mañana continuaré con la tesis, estadística y mi plan de salir de viaje por España el fin de semana. Los posibles destinos son Granada y Cádiz. En este último sitio quizá Aitor nos ceda su chalet cerca de la playa para que nos quedemos ahí, así que seguro Cádiz es un destino.
